Miércoles

           A veces llegan recuerdos de los días buenos,

es como suspender el presente un rato,

dejar que el pasado vuelva a abrirnos la herida.

Dos de la mañana, pocos cigarros, una plática se ahoga en el celular tratando de salvarse con alguna pregunta extraña; ¿en que momento se posó tanta tristeza en tan pocas palabras? es la madrugada de un miércoles que se anuncia gris, aciago, de esas noches que uno teme irse a la cama por pensar en lo que puede pasar cuando el despertador anuncie el día siguiente.

Permanecer inerme, atónito ante el mundo y su zozobra, cuidar los caminos de la imaginación por que pueden volverse peligrosos, entablar guerras con la almohada y la postura al dormir, incomodarse, hacer querellas al insomnio y maldecir la luz del día. Vivir así, el día a día, encaramado a una pendiente interminable que no sabemos si sube o baja, si baja o sube, arruinar a muecas las fotografías, como si aún se guarecieran en rollos que pueden velarse, pasar lista a las oportunidades perdidas, abrir las ventanas de la casa para que se escape la esperanza. Beber un poco, fumar otro tanto, dejar que se vaya con el humo, el aliento, permitir que el muchacho de la esquina que limpia los parabrisas lo haga en un día lluvioso, revelarse ante la temperatura, atemperarse siempre en el modo contrario, pagar el autobús con billetes grandes y que suenen las monedas en el bolsillo a la hora de recibir el cambio, apedrear el éxito, inmortalizar la vergüenza, mandar señales de humo por WhatsApp y hacer revoluciones por el Facebook.

Comprar el periódico para encender carbón, leer las noticias de la farándula, usar la última novela de Kundera para nivelar la mesa, callarse en los conciertos, cerrar los ojos en el cine, ir al teatro con tapones para el ruido, guardar la comida podrida en el refrigerador, cocinar sin sal, ducharse con agua helada, ir al súper y comprar solo las ofertas, ir a la playa quejándose del sol.

¿Porque no preferir la indolencia? tengo demasiadas cicatrices, tengo versos ahogados en vasos de agua, demasiados intentos muertos en el campo de batalla, uno debería de poder decir que está cansado de fallar, sobre todo, que esta cansado de intentar y el mundo no tendría que decir ni pío.

Tengo la cabeza llena de mariposas y a donde miro, hay un relato, un canto, una risa, de esas que tuvimos hace tiempo y hoy parecen extraños mirándonos hacer ridiculeces en la calle, no me consuela el viento que mece los árboles, ni siquiera he intentado beber la luna a sorbos como si estuviera condenado, condenados estamos todos a este bucle finito de vivir los días, de pronto uno puede permitirse estar cansado, declarar las ganas en bancarrota y dedicarle unas líneas a la tristeza.

Tus recuerdos me abren las venas y me sangran las historias y la magia que tuvimos alguna vez se ha ido desgastando como la playera favorita después de tantas lavadas, los destellos de felicidad que nos hicieron quedarnos tantas veces y ahora están disueltos en la bruma de la memoria, ni siquiera recuerdo bien como llegamos hasta aquí, hoy llegan recuerdos de los días buenos; no como este miércoles que se avecina.

                               Te busqué, siempre negándome la salvaguarda, porque pensaba que a tu lado, nada importaría más, que envejecer.

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