Los Dragones

“Si en los escombros de la revolución 
creciera el árbol verde del placer, 
y las catedrales se cansaran de ser 
ruinas del fracaso de Dios. 
Si volvieran los dragones a poblar las avenidas 
de un planeta que se suicida. 
Si volvieran los dragones…”

“Sabina y Páez”, monstruos increíbles; son las diez de la mañana y el álbum “Enemigos Íntimos” suena a todo lo que dan las bocinasLos Dragones, cuando me atraviesa la cabeza “Si volvieran los dragones”, inevitablemente punza en las sienes aquello de que todo tiempo pasado fue mejor” y para ser honestos me siento un poco viejo; a decir verdad, pasa que uno se confunde, con las cosas que valen la pena en la vida me refiero, como cuando uno es joven y entonces la juventud nos vuelve valerosos, soñadores, llenos de gracia como reza la oración, uno le invierte vida a la imaginación, al alma, se llena de alegría, pensando que ese precisamente es nuestro único recurso inagotable, la vida y esta, nunca se ha visto menos gris que cuando salimos a comernos al mundo por primera vez, tal vez sea la “ilusión de la libertad” de la que hablaba Fromm, ¿Quienes no han pensado que estaban volando, mientras inexorablemente caíamos al lodo? Y nos llenábamos la cara de vergüenza y llorábamos y maldecíamos, pero haciéndolo en silencio, sufrimos la vergüenza en silencio, lloramos en silencio, maldecimos susurrando, con el temor de hablar tan libremente del dolor como se habla de la alegría y entonces fue cuando hablamos del final del valor, de la gracia, hablamos de la muerte del sueño que soñamos, hablamos de la muerte de la juventud y comenzamos a añorar a los dragones.

Los DragonesTodos aquellos que un día cualquiera, en el lugar que fuera, se levantaron para hablar del dolor tan fuerte como se habla de la alegría, hablaron de la guerra con la misma compasión con la que hablaron de la paz, hablaron del desastre con la profundísima tristeza con la que se habla de la calma, eso los inmortalizó, eso los volvió dragones, haber vencido al miedo, ese miedo de aquel que se hace el ciego para no mirar, del que se amordaza para poder callarse, ese miedo de los que dejaron de amar a sus patrias para herirlas poco a poco tirando la piedra y escondiendo la mano, porque pasa que vivimos en tiempos donde los conceptos se han tergiversado y amor no significa lo mismo, se ha convertido en defensa para violaciones, excusa para los feminicidios -palabra que curiosamente marca mi corrector de ortografía por que no la reconoce… y en realidad tiene razón, no existe palabra para describir tal acto- la fuerza en abuso, la seguridad en duda, el horror en rutina, el miedo en guarnición para el desayuno, las autoridades ya no son autoridades y Dios tampoco es Dios.

Todos hemos fracasado. Sin embargo para fortuna de las generaciones que vienen que son a quienes debemos todo, tenemos otra oportunidad, cada minuto nos permite convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos; alguna vez hablando de equilibrio un amigo y yo, convenimos que en realidad la balanza de lo social no se encuentra a la misma altura, está decantada casi totalmente hacia el lado del mal, del dolor, de lo erróneo, de lo oscuro, el balance, el equilibrio reside en que, al otro lado, del lado de la luz, de la bondad, siempre hay algo que hace que la balanza no se venza de algún lado, siempre hay algo que nos hace permanecer en balance, no podemos extirpar el mal de nosotros mismos, no es así como funciona, hay que actuar a través de la conquista del bien sobre el mal, de la honestidad sobre la corrupción, de la  generosidad sobre la avaricia, así… cada quién a su manera, como los dragones.

A final de cuentas la cuestión con la juventud y las venias que nos otorga, sobre todo la valentía no tiene que ver con perderla cuanto antes aprendamos de las desventuras del camino, es en realidad no perderla nunca a pesar de saber sus consecuencias, ahí es donde se encuentra la verdadera valentía humana, en saber que algo tiene que perderse para ganar algo y casi siempre, con un poco de suerte, cuando uno se queda hasta ese punto, cuando uno aguanta hasta que gana, lo que llega, hace que todo haya valido la pena. Uno deja en ese punto de añorar a los dragones, para comenzar a volverse uno.Los Dragones

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